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Los peligros químicos son aquellos asociados con cambios en la naturaleza química de sustancias que conllevan producción de energía de forma drástica. Por ejemplo, explosiones o incendios. También se consideran peligros químicos a aquellos asociados con la exposición de personas a sustancias químicas tóxicas o a los efectos que tiene la presencia de contaminantes sobre la economía y medio ambiente.

Si bien es cierto que las zonas donde se encuentran la producción y almacenamiento a nivel industrial constituyen las áreas de más alto riesgo debido a la producción y manejo de sustancias químicas, las carreteras y vías férreas por donde se transportan los materiales potencialmente peligrosos son también zonas de riesgo para la población. Asimismo, las zonas habitacionales construidas cerca en ocasiones, sobre tuberías que conducen hidrocarburos principalmente, son áreas con una alta probabilidad de tener eventos adversos con grandes pérdidas humanas y materiales.

Sin embargo, eventos ocurridos recientemente en nuestro país ponen de manifiesto que, peligros químicos a pequeña escala, por ejemplo pequeñas cantidades de disolventes en un taller de laminado y pintura, pueden alcanzar magnitudes similares los que ocurren en instalaciones industriales y no deben despreciarse a la hora de elaborar un atlas de riesgos químicos. Prueba de ello son tres accidentes químicos ocurridos hace pocos años. El primero de ellos fue la explosión de un gasoducto en una estación de PEMEX en Reynosa en el año 2012. El segundo fue el suceso de la Guardería ABC de Hermosillo en el 2009. La explosión de Reynosa causó la muerte de 29 trabajadores. El incendio de la Guardería, producido por sustancias químicas en un taller cercano a esta, produjo la muerte de 49 niños.  El tercer evento, muy reciente es la explosión de gas LP en un hospital infantil en Ciudad de México producida por acumulación de esta sustancia durante una operación de carga convencional. El incendio de la guardería ocasionó más muertes que los otros dos eventos juntos.

Para analizar el Riesgo de accidente químico de un determinado lugar, no sólo es necesario conocer la naturaleza y cantidad de la sustancia, o sustancias que allí se encuentran.  Dos parámetros claves a tener en cuenta son la vulnerabilidad y la exposición. La vulnerabilidad es un parámetro difícil de cuantificar en términos absolutos. La vulnerabilidad está relacionada con la capacidad de la población expuesta a un determinado peligro para reaccionar ante este. Por ejemplo, el personal de PEMEX está entrenado para reaccionar en caso de contingencia y las instalaciones de PEMEX están diseñadas con rutas de evacuación y lugares donde refugiarse en caso de incendio, explosión o fuga. Los niños de la Guardería ABC no estaban entrenados para escapar por si solos de un incendio y la guardería no contaba con salidas de emergencia. La exposición se refiere al número de personas que están expuestas a un peligro. Este parámetro es más fácil de cuantificar.

Lo expuesto en los párrafos anteriores revela que aunque el peligro químico sea pequeño, un grado alto de vulnerabilidad asociado con una alta exposición puede generar una calamidad.

Para realizar un atlas de riesgos, es necesario ubicar todas las instalaciones o lugares que son susceptibles de manejar, transportar o almacenar sustancias químicas. También es necesario conocer la naturaleza de estas sustancias y sus cantidades. Del mismo modo es imprescindible asignar alguna escala a la vulnerabilidad de las personas que están expuestas a ese peligro, así como la calidad de las instalaciones donde están ubicadas las sustancias químicas. Por último, es necesario conocer el número de personas que están expuestas a ese peligro.

Los agentes químicos perturbadores son las propias sustancias químicas que cambian de estado físico, se transfieren o transforman debido a los cambios de presión y temperatura a los que se someten los recipientes que los contienen o las tuberías que los conducen y los sistemas afectables son los conjuntos sociales, el ambiente y las instalaciones industriales.

Entre los agentes perturbadores de origen químico de mayor incidencia se encuentran los incendios y las explosiones que, con frecuencia, son efectos de las actividades que desarrollan las crecientes concentraciones humanas y de los procesos propios del desarrollo tecnológico aplicado a la industria, que conllevan al uso amplio y variado de energía de sustancias y materiales volátiles e inflamables susceptibles de provocar incendios y explosiones[1].

Según las estadísticas mundiales[2], se puede deducir que las sustancias que originan más riesgo son aquellas derivadas del petróleo seguidas del amoniaco, el cloro, los solventes y los explosivos.

Asimismo, un lugar importante presentan los envenenamientos por fugas de substancias peligrosas y daños causados por radiaciones. Sin embargo, estos últimos, aunque son de carácter grave, no son tan frecuentes, debido a las medidas de control establecidas para el manejo y uso de materiales o productos radioactivos así como de los desechos que estos mismos generan.

Los accidentes mayores relacionados con el manejo de sustancias químicas peligrosas, se presentan con poca frecuencia; sin embargo, el costo social, ambiental y económico es elevado. La principal herramienta para combatir estos accidentes es la prevención y el primer paso es la adecuada identificación de los peligros asociados al almacenamiento, transporte y distribución de las sustancias y materiales peligrosos.

Los incendios y explosiones son fenómenos comúnmente asociados ya que uno puede generar al otro. Se define como incendio la ignición no controlada de materiales inflamables y explosivos tanto en las instalaciones de la industria y el comercio como en las viviendas dado el uso inadecuado de combustibles, fallas en instalaciones eléctricas defectuosas y el inadecuado almacenamiento y traslado de sustancias peligrosas ya sea como materia prima o como productos terminados.

Por su parte, las explosiones se definen como una liberación súbita y violenta de una cantidad considerable de energía en un lapso de tiempo muy corto (pocos segundos) y que para su ocurrencia requiere de la reacción de ciertas sustancias químicas, gas, combustibles, etc. y de la acción de un detonador como; temperatura, fuego, presión, choque u otro. También puede definirse como la liberación de energía que causa una discontinuidad en la presión u onda de choque

Las radiaciones aunque son de carácter grave, no son tan frecuentes debido a las medidas de control establecidas para el manejo y uso de materiales o productos radioactivos, así como de los desechos que estos mismos generan.

Como conflagración se conoce a aquel incendio que destruye significativa o totalmente un inmueble, del 26 al 100 por ciento.

Por su lugar de origen, los incendios son clasificados también en urbanos y forestales.

Los siniestros urbanos se deben principalmente a cortocircuitos en instalaciones eléctricas defectuosas, sobrecargas o falta de mantenimiento en los sistemas eléctricos, fallas u operación inadecuada de aparatos electrodomésticos, falta de precaución en uso de velas, veladoras y anafres, deficiente manejo de equipo para soldar, negligencia en el manejo o desconocimiento de sustancias peligrosas e inflamables, y otros errores humanos. Por el lugar donde se producen, estos siniestros pueden ser domésticos, industriales o comerciales.

Por su parte, los incendios forestales son producidos, en forma primordial, por quemas de limpia para uso del suelo agrícola, quemas de pasto para la obtención del “pelillo" que sirve como forraje, o para combatir plagas o cualquier otro animal dañino, fogatas en los bosques, arrojo de objetos encendidos sobre la vegetación herbácea, desprendimiento de las líneas de alta tensión y acciones incendiarias intencionales. Generalmente este tipo de incendio es el que produce más daño económico y ecológico.

De acuerdo a las propiedades de combustión de los materiales y las técnicas de combate que se emplean y la forma que se desarrolla el fuego en cada caso se han establecido cuatro diferentes clases de fuego:

·         Fuego tipo A.- En esta clasificación se identifica al fuego que se produce en materiales sólidos tales como: telas, madera, estopa, papel cartón, fibras sintéticas, basura, etc., Se caracteriza porque al arder se forman cenizas y brasas y se propaga de afuera hacia adentro. Para apagar el incendio en estos materiales se emplea de preferencia el enfriamiento con agua.

·         Fuego tipo B.- Se produce en combustibles líquidos derivados del petróleo e inflamables como gasolina, diésel, alcoholes, thinner, lubricantes, grasas, etcétera. Como en este tipo de líquidos inflamables lo que entra en combustión son los vapores, para apagar el fuego se emplean métodos de eliminación de oxígeno por medio de productos químicos o espumas sofocantes. El empleo de agua en forma de chorro no extingue el fuego y sí alienta su propagación al dispersarse el líquido combustible, en cambio, la aplicación de agua a presión en forma de rocío es muy útil para extinguirlo.

·         Fuego tipo C.- Se produce en todo equipo o maquinaria que funcione con electricidad, como motores, alternadores, subestaciones, máquinas de soldar, tableros de control, transformadores, etcétera. Para su extinción, es necesario cortar la corriente eléctrica y utilizar extintores de polvo químico.

·         Fuego tipo D.- Esta clase de fuego se produce en cierto tipo de materiales combustibles como magnesio, titanio, sodio, litio, potasio, aluminio o zinc en polvo, entre otros. Para el tratamiento de los siniestros producidos por estas materias, no se recomienda el tratamiento con extintores comunes, ya que en la mayoría de los casos existe el peligro de aumentar la intensidad del fuego debido a reacciones químicas entre el agente extintor y el metal ardiente. Los metales más peligrosos son el magnesio, el sodio, y el potasio, ya que generan su propio oxígeno, y al contacto con el agua, producen reacciones violentas y hasta explosivas. La forma de combatirlos, es mediante el uso de extintores de polvo químico.

La ocurrencia de incendios en zonas urbanas implica un grave peligro para los habitantes y sus bienes. La propagación de incendios en áreas urbanas depende de diversos factores como el almacenamiento y manejo de productos inflamables, combustibles o explosivos; las características físicas y de distribución de los asentamientos humanos, la dirección y velocidad de viento, así como el clima de la región y la existencia y efectividad del equipo de control y combate contra incendios

Estos fenómenos muchas veces se agravan al incidir en o cerca de áreas industriales o de almacenamiento que al afectarse pueden incrementar la magnitud del incendio y producir un encadenamiento de calamidades como envenenamientos por fugas y sustancias tóxicas o radioactivas.



[1] (Protección Civil, 1991)

[2] (CENAPRED, 2001)